--- Próximo Encuentro con: Ana S. Díaz de Collantes 26 de Febrero ---

Arantxa Agudo

Mi encargo.


Cosía tu vestido aquella tarde en la que el sol golpeaba la ventana pidiendo entrar. El calor era sofocante, pero a mi nada me importaba, tu futuro atuendo me tenía absorta. Había marcado los patrones y cortado la tela la noche antes. Pase  los hilos y lo preparé para la primera prueba antes de acostarme. Te lo probaste al amanecer, un momento antes de tu partida, de tu último beso.
Marchaste al trabajo con todas mis precauciones en tu bolso: “Ten cuidado, no te fíes estate atenta...” Sólo llevabas un encargo “Volver”. Siempre fuiste juiciosa, una niña muy madura. Cerré la puerta y después de trastear por la casa me senté a coser tu nueva prenda.
Te hice ese cuello bebé, que tanto te gusta. Cosí pespuntes sobrehilé costuras, monté las mangas en su respectivas sisas. Hice ojales por donde los botones pasasen sintiéndose alegres de vivir en tu vestido, de ser cómplices de la alegría que te produciría  su futuro estreno.
Habías ahorrado de tu miserable sueldo cada mes un poquito para poder acercarte a aquella tienda donde traían las mejores telas de oriente. Nos ajustamos un cinturón invisible que nos asfixiaba el cuerpo y nos hundía el alma.
Yo intenté convencerte de que la tienda de Alfredo también tenía vistosas telas, pero tu lo tenías tan claro.
-¡”Mamá de Oriente, vienen de Oriente, como los Reyes Magos cuando eres pequeño, como los sueños.”!
Aquella fatídica tarde, tu ausencia me dijo que algo pasó. Salí a la calle  a buscarte, grité tu nombre y nadie contestó. Caminé y caminé hasta que el día apareció y no te trajo”. Alguien me dijo que las camionetas hoy buscaron carne.
Han pasado seis meses, cada día espero que cumplas mi encargo, aunque reconozco que ahora cuando te busco miro al cielo pensando que estarás entre los Reyes Magos y los sueños sin dueño que ahora serán tuyos.
Aún no terminé tu vestido, los botones no se dejan coser, las costuras como mi alma se abrieron solas en canal, sin necesidad de plancha cuando les comunique tu no regreso.
Para aliviar su pena lo dejé sin acabar, y los dos estamos atentos, en la espera para momentos antes de que decidas volver terminarlo, que tú lo estrenes y que el olvido no lo haga viejo.



INTROSPECCIÓN

Me desnudé ante ti
sin abrir un botón de mi camisa.
Me mostré para ti
tal como soy,
con defectos y virtudes.
Quise que fueses mía
Y no la que tuve que vivir.
Pero tú, sorda,
no mostraste piedad ante mí.
Me vapuleaste sin compasión,
me despertaste
del sueño
de mi infancia adulta,
Y por fin lo vi.
No eras tú,
era yo
quien debía tomar mis riendas,
quien debía hacerte mía.
Mi enemigo
era yo,
tú, quien cargaba mi culpa.
Tú, mi vida;
Yo, tu humano.
Tú, mi oportunidad,
Yo, quien la vive.

DE AQUÍ, SIEMPRE DE AQUÍ.

Consciente de que solo soy dueña de lo que callo y siempre prisionera de lo que hablo, mi boca se dispuso para regalarme las cadenas.
Hablé de tu belleza, de tus colores, de tus tonos azules que los molinos avientan y envían al cielo y mezclan con nubes blancas, o quizá, sean  ellas  las que bajen para acercarse a las montañas y así acariciar sus cimas.
De tus árboles, que juntos se sienten fuertes. De los más osados, que en un arranque de valentía se lanzaron hacia delante y ahora son los reyes de su espacio.
De tu suelo, recio y noble creador de vida, recolector de lluvia, despensa del futuro.
¡De todo lo que mis ojos ven!
¡De todo lo que tu cámara me muestra!
¡De mi tierra, de mi madre, de mi suerte!
¡De ser de aquí, de ser tu huésped! 
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‘Serás…’

La luz dibujó tu cuerpo.
Iluminó tu ser.
Dio prestancia a tu sombra
Augurando un futuro de alegría.
¡Serás para celebrar!
Dicha, solo dicha.
Tu madre protectora, te tapa.
Y poco a poco, te mostrará el mundo.
Morirá para que tú vivas.
Las lágrimas ya asoman a su rostro.
Pero ella las luce con orgullo.
Madre naturaleza,
Principio y fin.
Círculo cerrado del que somos parte.
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