--- Próximo Encuentro con: Ana S. Díaz de Collantes 26 de Febrero ---

Ajo Diz

“La muerta apareció en un pequeño descampado en la colonia de Las Flores. Vestía camiseta blanca de manga larga y falda de color amarillo hasta las rodillas, de una talla superior…. Esto ocurrió en 1993. En enero de 1993. A partir de esta muerta comenzaron a contarse los asesinatos de mujeres. Pero es probable que antes hubiera otras. La primera muerta se llamaba Esperanza Gómez Saldaña y tenía trece años. Pero es probable que no fuera la primera muerta. Tal vez por comodidad, por ser la primera asesinada en el año 1993, ella encabeza la lista. Aunque seguramente en 1992 murieron otras. Otras quedaron fuera de la lista o que jamás nadie las encontró, enterradas en fosas comunes en el desierto o esparcidas sus cenizas en medio de la noche, cuando ni el que siembra sabe dónde, en qué lugar se encuentra”. Roberto Bolaño. 2666.
Un tipo te ata con grilletes a la pared encalada. Te abofetea. Te escupe a la cara y exhibe su verga. Agarra una navaja y traza en tu piel líneas que no purgan el terror que dobla tus piernas. No es el pasado, ni una película, ni una leyenda, no es una ficción ni la letra de una ranchera: “Consigue una pistola si es que quieres o cómprate una daga si lo prefieres, y vuélvete asesino de mujeres… Mátalas, mátalas con una sobredosis de ternura, asfíxialas con besos y dulzura”. Es la mano que golpea, la culata de una pistola, las cuerdas o el látigo. Las noches sin luna, la sed y el hambre, y otra vez sus vergas hinchadas, el cuchillo que atraviesa tus entrañas, los huesos que se rompen. La piel en el polvo, la sangre en el polvo, lágrimas en el barro, los pechos desgarrados y las nalgas violáceas. Los puños sellan tus labios. El peso de sus grasas, de sus litros de tequila, de sus pistolas, agosta tu cuerpo excoriado. La furia de los chacales estrangula tus miedos para siempre.


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Desde que leyó el relato de Elena Poniatowska, cada vez que el azar lo situaba frente a una puesta de sol, Henry Walser esperaba ver el rayo verde. Durante estos tres años de reclusión en la casona de El Madrigal, que compró cuando la necesidad de pintar se había congelado en alguna neurona bipolar, la búsqueda del rayo verde se convirtió en una obsesión. Había comprendido los factores que determinan su aparición: los fenómenos atmosféricos de refracción, difusión y absorción. Memorizó el discurrir de tan esquivo fenómeno: el sol se acerca al horizonte, la refracción atmosférica separa los distintos colores del disco solar, el violeta y el azul se pierden en la atmósfera, sólo el color verde llega a nuestros ojos. Había leído testimonios de viajeros que lo habían divisado en el mar de Aral, en la pampa Argentina o en el desierto del Sahara. Sabía que con un poco de suerte —su eterna enemiga— contemplaría un destello verde durante apenas unas fracciones de segundo.
Hoy, las nubes no han dejado de pasar. Como tantas otras tardes, se sienta en el poyo del patio trasero. Espera. Una diáspora de nubes grises cerca el fervor violeta y rojizo del cielo tibio. Un sol de verano rezagado comienza a ocultarse. El último rayo sobre la línea horizonte refleja el amarillo de los trigales. Recoge el caballete, las pinturas, la paleta y tranca el portón.


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SOMOS INTRUSOS , ANÓNIMOS E INVISIBLES. MIRAMOS.

    Te acercas a mi cama en silencio, confiada como si el peligro no acechase. Te sientas a mi lado. Cruje el viejo somier. Susurras algo que no entiendo. Finjo dormir. Quisiera que me cantases aquella vieja canción: Je t’aime… Moi non plus. Me observas con esos ojillos rasgados y traviesos. Siento tu mano fría y temblorosa sobre mi muslo. La deseo pero finjo dormir. Quisiera que me abrazases hasta ahogarme, hasta romperme las costillas. Comienzas a quitarte la camisa. Escucho el tejido de algodón que se desliza suave sobre tu piel blanquecina espalda arriba hacia el cuello, sobre los labios golosos, las cejas, sobre la frente cargada de preguntas y gemidos. Tu torso limpio se estira lejano como un soplo de placer. Quisiera que me arrullases entre tus piernas, atravesar tus caderas. Tiras la camisa en tu rincón favorito. Ya nada nos separa. Pero finjo dormir. Tu pecho de lolita escuálida rompe la línea del horizonte azulino de tu torso ladeado. Espera, no te vuelvas. Quedate así, quieta, con tus brazos chicos prendidos en el pelo, congelada en esta torsión de voluptuosa ingenuidad. Sin embargo, finjo dormir.


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